|
PROGRAMA
SOBRE ENERGÍA Y DESARROLLO SOSTENIBLE
La
energía en la tierra
Mireia
Piera
Manuel Perlado
José María Martínez-Val
Resumen:
Análisis de los tres principales componentes energéticos que afectan a
nuestro planeta:
Durante
el año 2000 los datos aproximados fueron los siguientes:
–
Energía antropogénica:
11,5 TW.
–
Energía de equilibrio termofísico:
105 TW.
–
Energía de la biomasa:
1,31 TW.
Índices
del programa sobre energía y desarrollo sostenible:
•
General
• Energía
sostenible
• Desarrollo económico
• Medioambiente
y cambio climático
• Agua y
otros recursos
• Salud y biotecnología
• Transporte
|
El conocimiento de la realidad
socioeconómica actual es considerablemente riguroso y fiable, por el
acopio ordenado de datos estadísticos, y ello nos hace saber que en la
actualidad el sector energético antropogénico moviliza al año (en
producción y consumo, naturalmente) unos 8750 Mtep (millones de toneladas
equivalentes de petróleo), lo que supone 8,75x1013 termias, o
3,7x1020 J. De ello, prácticamente el 90% procede de
combustibles fósiles, algo menos de un 7% de energía nuclear, y algo más
de un 3% de energías renovables, mayoritariamente hidráulica, con una
pequeña aportación, por ahora, de la eólica.
A las cifras anteriores habría que añadir
unos 1000 Mtep de biomasa de todo tipo, que no es estrictamente antropogénica,
aunque el hombre la use, pues está directamente generada por el sol, y
forma parte del ciclo biológico de la Tierra. Esta biomasa es básicamente
leña y asimilados, y en muchos países en desarrollo constituye un factor
fundamental de suministro energético. Si no se produjera una merma
sensible del volumen de masa vegetal sobre la tierra (y algo parecido habría
que decir del contenido biológico del mar) el aprovechamiento de la
biomasa no tendría ninguna repercusión en la sostenibilidad. Tal es el
caso de la biomasa agroalimentaria, que es algo superior a los 500 Mtep/año,
pues no se aprecia merma en estos cultivos, sino al contrario, resultan
incluso excedentarios para la alimentación que la humanidad puede
consumir (a través de los canales comerciales al uso; la gran tragedia
humana que a nivel local o regional viven ciertas partes del globo como
consecuencia de hambrunas endémicas, es problema de índole muy compleja
y diferente de lo aquí tratado). Por el contrario, la reducción de la
masa vegetal por deforestación (por lo general, no para usos energéticos)
sí pude ser tema específico del Desarrollo Sostenible pero, como se
acaba de decir, no de su vertiente energética, sino por otros fines de
otros sectores, que también tendrían que valorar su sostenibilidad.
Según los datos anteriores, la potencia
media de la producción antropogénica de energía es de 11,5 TW (1 TW=1012
W) lo que casi equivale a 2 kW por persona. Como referencia natural habría
que tener en cuenta que la ingestión de alimentos representa 140
W/persona para una aportación de 3000 kcal/dia, lo cual está ligeramente
por encima de la media mundial de alimentación. Ello quiere decir que la
energía artificial es unas 15 veces mayor que la natural necesitada por
el ser humano para su correcta alimentación.
Bien es sabido que en ambos conceptos, el
consumo natural y el artificial, se dan enormes diferencias de unos países
a otros. Aquí se han enunciado las cifras anteriores con el objeto de que
sirvan de referencia a nuestros planteamientos, pues sin referencias
concretas, los argumentos técnicos no son siempre de fácil comprensión.
Unos datos adicionales de carácter histórico
pueden servirnos para terminar de encuadrar el tema de las referencias numéricas.
Actualmente, por lo ya dicho, el consumo de energía artificial es de casi
1,5 Mtep por persona y año. Hacia 1965 dicha cifra era de 1 Mtep, y en
aquel momento la población era algo inferior a 3.200 millones de
personas, y esa misma cifra era aproximadamente la de Mtep.
La cifra anterior de 11,5 TW se debe
comparar con los valores de los componentes naturales del balance energético
terrestre, que son esencialmente tres: la irradiación solar, la energía
geogénica y la mareomotriz. Esta última se estima en 3,5 TW, y está lógicamente
dispersada por el mar, fundamentalmente en estuarios de características
peculiares.
Por otra parte, en el interior de nuestro
planeta existen temperaturas muy elevadas que alcanzan los 7000 K en el núcleo
central, para decaer hacia los 300 K en la superficie. El origen de este
fenómeno es doble: por un lado, la acción de la gravedad, y por otro, la
desintegración de los nucleidos radiactivos naturales. La compresión
gravitacional fue decisiva precisamente durante la formación (condensación)
de nuestro planeta, hace 4500 millones de años. Desde entonces, la tierra
se ha ido enfriando lentamente, aunque el trabajo gravitatorio que aún
realiza se disipa casi exclusivamente mediante el calor, con ligeras
aportaciones mecánico-tectónicas, elásticas y eruptivas. En cuanto a
los radionucleidos, su presencia fue muchísimo más abundante en tiempos
pasados, dado que hoy en día solo permanecen residuos de los de vida muy
larga Probablemente la mayor parte de la radiactividad, contenida en la
masa terrestre en condensación, se manifestó en los primeros milenios
tras su creación a resultas de la explosión de una supernova.
Como consecuencia de los procesos citados,
el 90% de la superficie continental manifiesta un flujo calorífico de 50
mW/m2. Esto corresponde a un gradiente térmico menor de 3 0C
cada 100 metros de profundidad, lo que significa la práctica
imposibilidad de aprovechar tal energía.
La cantidad total de calor fluyendo hacia
la corteza terrestre es enorme, cifrada en uno 1021 J/año lo
que representa una potencia de unos 30 TW, pero es inefectiva dada su baja
densidad por unidad de superficie. El atractivo auténtico de la energía
geotérmica radica en la existencia de zonas anómalas en las que se dan
circunstancias favorables de temperatura, gradiente térmico y flujo calorífico,
relegando a ciencia-ficción las ideas de penetrar, hasta el manto
convectivo terrestre, con dos “macropozos” que sirvan para inyectar
agua fría y extraer vapor saturado. En definitiva, puede concluirse que
esta energía no es particularmente relevante a nivel de sostenibilidad.
Al contrario que la irradiación solar, que
es sin lugar a dudas quién domina el equilibrio termofísico del planeta.
El sol radia energía electromagnética con un espectro característico de
cuerpo negro a unos 5780 K (grados Kelvin). El concepto de cuerpo negro no
está asociado al color del sol, que nosotros vemos anaranjado por ser esa
longitud de onda la de dominancia cromática en nuestros ojos (salvo en
los crepúsculos, que tiende a rojizo, por interacción con nuestra atmósfera
en mayores espesores y más oblicuo ángulo de incidencia).
No obstante, al sol en su brillo total no
se le puede mirar, pues puede producir ceguera, por su muy alta
intensidad. A nivel del mar, con atmósfera clara, la irradiación solar
alcanza 1000 W/m2 aproximadamente (en superficie perpendicular
a la visual al sol; si no es perpendicular se ha de multiplicar por el
seno del ángulo de incidencia, o por el coseno del complementario,
llamado coaltura).
La irradiación que llega a la parte
exterior de nuestra atmósfera es bastante superior a la cifra antedicha,
y en valor medio es de 1.352 W/m2 de orientación normal al
sol. Esta cifra fluctúa según las variaciones astronómicas de la
distancia entre Tierra y Sol, y así mismo según la actividad solar.
Aunque su intensidad debería ser prácticamente constante si nos atuviéramos
a los ciclos principales de reacciones nucleares de fusión, lo cierto es
que en su superficie se aprecian, con los debidos instrumentos,
variaciones importantes de
manchas y protuberancias, así como cambios de carácter temporal, habiéndose
detectado un cuasiciclo de variación de actividad de unos 11 años de
periodo.
Teniendo en cuenta las cifras antedichas y
el radio de la atmósfera terrestre, la cantidad total de energía llegada
a ella anualmente es de unos 5,5x1024 J, lo que equivale a
1,75x105 TW de potencia media, esto es, unas 15.000 veces la
actual energía antropogénica. Hay que precisar, no obstante, que la
interacción de esa radiación con la atmósfera es muy compleja, con fenómenos
notorios como es la absorción de gran parte de la radiación ultravioleta
en la ozonosfera. Aún de mayor significación energética son la dispersión
y absorción de luz por los diversos constituyentes atmosféricos, donde
el vapor de agua y las nubes juegan un papel fundamental. Podemos señalar
que casi un 30% de la radiación incidente es retrodispersada con
longitudes de onda no muy diferentes de las originales incidentes, y por
tanto relativamente cortas. Esto ocurre sobre todo en las capas altas
atmosféricas y en las zonas circumpolares, por su ángulo de incidencia,
más oblicuo.
Por el contrario, tras un largo conjunto de
interacciones de los fotones con la atmósfera y la superficie terrestre y
marina, más de un 70% de la radiación es reemitida como longitud de onda
mucho más larga y con una densidad media de potencia de alrededor de 250
W/m2. Esos fotones penetran prácticamente hasta dentro del
suelo o del mar, y como resultado se isotermalizan con el medio
circundante (la atmósfera baja, las nubes, los océanos, los continentes,
que en definitiva constituyen la biosfera). De ahí que el espectro de luz
así emitida sea mucho menos energético (ondas más largas) y en vez de
corresponder a 5780 K de temperatura, propios de la luz solar original,
sea tan solo de 288 K, que es la característica media de la Tierra (15 0C).
Ese conjunto complejo de interacciones de
los fotones solarse con la biosfera son la raíz de cuestiones tan
importantes como el clima y la propia vida (que no absorbe sino una minúscula
fracción de la energía recibida, del orden de las 10 millonésimas).
Como último dato cabría consignar que en valor medio la energía
transferida entre la superficie del planeta y la atmósfera (siempre en
ida y vuelta) es del orden de la mitad de la radiación solar original, y
por tanto algo inferior a 700 W/m2 (en superficie normal al
sol). Si esto se pasa a valor medio por m2 de la superficie
terrestre se reduce en un factor 4, dando 175 W/m2 como
referencia del flujo energético medio a nuestro nivel. Ahora bien, como
muchas medias estadísticas, es poco representativa, pues en la mayor
parte de la península Ibérica, en verano dicho valor será muy
superior a 250 W/m2. Y en caso de considerar una
superficie orientada normalmente al sol, superará los 1100 W/m2
cuando hay insolación (por descontado, este valor será nulo durante la
noche, en cuanto a insolación directa, pero no en cuento a emisión
radiante de la Tierra que estará devolviendo calor al universo con tasas
de flujo superiores a 300 W/m2). |